Los susurros de la devastación
- autismovivo.org
- 24 mar
- 4 Min. de lectura

POR IGNACIO PANTOJA Y CHATGPT
Fuente: Autismo en Vivo | 24/03/2025
Fotografía: Pixabay.com
La expedición llevaba días abriéndose paso por la densa selva.
Cinco científicos y un equipo de apoyo habían seguido antiguas coordenadas hasta llegar a una estructura que el tiempo y la vegetación apenas habían logrado ocultar. No había registros de su existencia, pero allí estaba: un edificio monolítico de piedra negra, erigido en mitad del olvido.
Las puertas estaban selladas y rodeadas de inscripciones extrañas. Algunas mostraban figuras humanas con los oídos desgarrados, sus rostros congelados en una mueca de agonía. Otras simplemente repetían un mismo símbolo, un espiral que parecía devorarse a sí mismo.
—Debe de ser una advertencia —comentó el doctor Alvarez, ajustándose las gafas con nerviosismo.
—¿Advertencia o superstición? —rió Keegan, el ingeniero de la expedición, mientras palpaba la gruesa piedra—. Nada que unos buenos explosivos no puedan solucionar.
La decisión se tomó rápido. Prepararon la dinamita y se cubrieron. La explosión retumbó en la selva y levantó una nube de polvo denso y oscuro. Cuando se disipó, el pasillo de entrada quedó expuesto. Dentro, el aire era pesado, viciado por siglos de encierro.
En la sala principal, una única caja de obsidiana descansaba sobre un pedestal. No tenía cerradura ni bisagras, pero estaba cubierta de símbolos idénticos a los del exterior.
—Podría contener algo valioso —susurró Davis, el arqueólogo, con los ojos brillantes de emoción.
—O algo peligroso —musitó Alvarez, inquieto.
Pero la curiosidad humana es más fuerte que la prudencia. Keegan colocó un pequeño explosivo sobre la caja y la hicieron saltar en pedazos.
Un polvo grisáceo emergió como una nube viva. Se esparció por el aire, arremolinándose en espirales imposibles. Durante unos segundos, todo fue silencio. Luego, los gritos comenzaron.
Mendoza, el guía, se llevó las manos a la cabeza y cayó de rodillas. Sangre brotaba de sus oídos mientras sus labios temblaban con palabras que nadie comprendía. Los demás intentaron ayudarlo, pero de sus propios oídos empezó a manar sangre también. Y entonces lo oyeron.
Susurros. Voces terribles que emergían desde el interior de sus cabezas. No eran palabras comunes, sino frases imposibles de ignorar, construcciones que destrozaban la mente con su sola existencia. Uno a uno, comenzaron a gritar y a desgarrarse la piel con las uñas. Algunos murieron en minutos. Otros salieron corriendo en la selva, como si pudieran huir de lo que ya estaba dentro de ellos.
Días después, la plaga salió de la selva. Un cazador de un poblado cercano, al encontrar a un sobreviviente balbuceante y ensangrentado, lo llevó con los suyos. Para la mañana siguiente, todos en la aldea habían comenzado a rasgarse los oídos con las manos, los ojos desorbitados de horror. Cuando el primer grupo de ayuda llegó, ya era tarde. El polvo se había esparcido con el viento.
A la semana, una ciudad entera estaba infectada. Y entonces el mundo supo que era el principio del fin.
Porque nadie podía detener lo que susurraba en sus oídos.
Las primeras víctimas hablaron de un murmullo imperceptible, un eco en lo profundo del oído. No eran voces, sino algo más primitivo, más ajeno. Para cuando los médicos examinaron a los infectados, ya era demasiado tarde. Donde antes había un tímpano, ahora se formaban diminutas fauces, labios oscuros que apenas se abrían, dientes deformes y una lengua enana que se agitaba convulsivamente.
Y luego, empezaron a hablar.
No gritaban. No daban órdenes. Solo susurraban.
Al principio, los infectados intentaban ignorarlo, pero los murmullos crecían en intensidad. Las voces hablaban con su propio tono, con su propia cadencia. Se reían de ellos. Les recordaban sus miedos más íntimos, sus culpas enterradas, sus fracasos. Susurraban secretos que nadie más debía saber.
Y entonces comenzó la locura.
Día 3: Las primeras muertes se registraron en un hospital de Nueva Delhi. Un joven de veinte años se arrancó las orejas con las uñas, rompiéndose los tímpanos en un charco de sangre. Murió en convulsiones, pero la boca seguía murmurando.
Día 7: El mundo entero estaba infectado. Nadie sabía cómo se transmitía: no era viral, no era bacteriano, no había vector aparente. Un hombre en Madrid se disparó en la cabeza en vivo por televisión, pero su cadáver siguió balbuceando horrores desde sus orejas.
Día 10: La desesperación se convirtió en histeria colectiva. Los gobiernos colapsaron. La gente trataba de sellar sus oídos con cera, con cemento, con clavos. Pero no funcionaba. Los susurros estaban en sus mentes.
Día 14: La humanidad dejó de luchar. Las calles estaban llenas de cadáveres en posiciones de agonía, con las manos cubriéndose las orejas, las bocas abiertas en un grito que nunca terminó. Algunos fueron encontrados con notas desesperadas:
"Dijeron mi nombre. Dijeron cosas que solo yo sabía. No puedo más."
"Nosotros lo liberamos. La plaga dormía en la tierra y la despertamos."
"No es una enfermedad. Es el fin."
Día 21: No quedó nadie. El último humano cayó de rodillas en un desierto polvoriento. Sus oídos sangraban. Su mente estaba rota. Pero las bocas en sus orejas aún murmuraban.
Cuando su aliento se detuvo, hubo un momento de silencio absoluto.
Luego, el viento sopló sobre un planeta vacío.
Y las fauces en los cuerpos inmóviles siguieron susurrando en la oscuridad.
Ignacio F. Pantoja
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